Samuel Yankelevich le dijo alguna vez a Gustavo, su hijo: “Llevan un apellido ilustre, tienen que cuidarlo mucho”. Sabía sobre qué hablaba. Detrás suyo estaba la figura de don Jaime Yankelevich, su padre, el impulsor pionero de la televisión en nuestro país.
Su hijo y su nieto siguieron a pie juntillas la vocación que se había iniciado como un juego de niño que amaba armar y desarmar aparatos y mantener un rango fetichista con las válvulas. Allí nació todo, en las colonias de los gauchos judíos en la provincia de Entre Ríos cuando recién despuntaba el siglo XX.
El 17 de octubre de 1951, hace 75 años, se llevó a cabo la primera transmisión oficial de esa invención que sacudiría las formas de la comunicación y los consumos de masas de las diversas manifestaciones del entretenimiento.
Un nuevo aniversario de la lealtad peronista, un discurso enérgico de Eva Perón que dejó expuesta su fragilidad física y la Plaza de Mayo colmada marcaron el puntapié inicial del medio que, rápidamente, se instalaría poderoso en las preferencias de las audiencias.

