Como resultado, a principios de los 90 el lago se redujo tanto que se dividió en dos (el mar de Aral Norte y el mar de Aral Sur), para 2004 se redujo un 91% su volumen y donde un día hubo agua, en su lugar apareció un desierto nuevo cubierto de sal y residuos, el Aralkum. Una auténtica tragedia ambiental a la que Uzbekistán está respondiendo por tierra, mar y aire: su batalla no es recuperar el lago (eso es ya misión imposible), sino frenar la erosión con millones de arbustos.
Cambio de paradigma. Vaya por delante que lo primero que intentaron fue devolver el agua, pero las presas soviéticas por un lado y por otro las grandes exigencias del algodón, el cultivo predominante en la zona, hicieron inviable la recuperación. De hecho, solo el Aral norte, en Kazajistán, tuvo algo de éxito: gracias a una presa lograron que el lago norte subiera cuatro metros y su salinidad se redujo a la mitad, según cifras del Banco Mundial.
Uzbekistán tomó otra vía: A iniciativa del por aquel entonces presidente Mirziyoyev, en 2018 aprobó un programa estatal de gran escala para transformar el lecho seco con trabajos de recuperación del suelo, como cuenta el The Astana Times. Ya no buscaban restaurar el ecosistema original, sino evitar que el fondo sea una fuente permanente de dañinas tormentas de polvo salado y mejorar el ecosistema. El arbusto elegido para fijar el lecho fue el saxaul.

