A Javier Milei le queda todavía un tercio de mandato presidencial, pero el país que dejará el 10 de diciembre de 2027 —quizás a sí mismo, si es reelecto— ya está configurado en sus líneas centrales.

Rápidamente se esfumaron las fantasías de “mejores 18 meses de la historia” o, aunque sea, de una reactivación modesta producto de la “confianza” de los mercados en la reelección del ultra. La resignación alcanza al elenco oficialista y queda implícita en la promesa del Presidente de que el paraíso recién llegará en 2028, cuando inicie su segundo mandato. Hasta entonces, ajo y agua.

El país del primer Milei será el de una industria reducida a la mínima expresión en décadas. Ciertas capacidades quedarán desmanteladas para siempre, producto de la famosa “transición”. Por ahora, está claro lo que se destruye, se desconoce lo que se construye. Lo nuevo por venir queda en proclamas megalómanas de inversiones por decenas de miles de millones de dólares de las que no se habla más allá del anuncio. La contracara real y tangible del declive de los sectores que más emplean en las grandes ciudades es una primarización acentuada en el petróleo y el agro, con récord de exportaciones.