Una solución. El panorama es desolador, y la inteligencia artificial generativa ha emergido como una promesa seductora para paliar este problema, puesto que hablamos de un compañero inagotable, siempre dispuesto a escuchar y que nunca juzga.

Sin embargo, a medida que la novedad de estos sistemas da paso a su uso cotidiano, la evidencia científica empieza a dibujar un escenario mucho más complejo. La tensión principal ya no es si la IA puede hacernos sentir acompañados, sino si ese alivio momentáneo es, en realidad, una trampa a largo plazo. Algo similar a lo que ocurre con el azúcar y el hambre, que nos da un 'chute' inicial pero no nos quita las ganas de comer algo más contundente.

Tiene sentido. Para entender el atractivo inicial de la IA como refugio emocional, hay que observar su impacto inmediato. Y aquí los investigadores apuntaron en un reciente estudio que la IA funciona como el gran contrapeso en este debate, ya que los chatbots pueden lograr reducir la soledad a corto plazo de una forma sorprendentemente similar a la interacción con un ser humano. Unos resultados que se consiguen precisamente porque nos sentimos muy escuchados por la IA.