Familias poderosas y disfuncionales. Dinastías con los bolsillos abultados y las manos sucias. Imperios corporativos basados en la traición más que en los negocios. Si Yellowstone y Succession sumaron millones de seguidores en el mundo es porque en los ‘80 hubo un programa que modificó la historia de la televisión.
Protagonizado principalmente por Larry Hagman y Patrick Duffy, Dallas empardó el éxito económico-financiero con las bajezas éticas, los manejos turbios y las componendas políticas. Durante 14 años, J.R. Ewing corporizó la figura del moderno magnate capitalista: un tipo manipulador, carismático e inescrupuloso, adicto al exceso y la desmesura. Las mismas características que, dentro y fuera de la ficción, llevaron la serie a la gloria total y al fracaso estrepitoso.
Cuatro matrimonios. Amigos y vecinos, compartiendo tiempo y charlas en una calle cualquiera de Los Ángeles. Se conocen tanto que ya saben sus gustos, sus deseos y sus problemas. La idea era abordar el efecto de la rutina en la vida cotidiana marital, antes, durante y después de la crisis y el divorcio. Una versión libre de Escenas de la vida conyugal de Ingmar Bergman, desgranando cada semana una reflexión puntual sobre la pareja, el sexo, la convivencia, la soledad, la crianza de los hijos, la dependencia económica, la reconversión del amor en cariño.

