La campana que debía impresionar al mundo. La historia comenzó en 1730, cuando la emperatriz Ana Ioánnovna, sobrina de Pedro el Grande, ordenó construir una campana monumental para el Kremlin. El proyecto aspiraba a superar cualquier precedente conocido y dar continuidad a una tradición rusa de grandes campanas que ya había producido dos gigantes anteriores, destruidos por incendios.
La nueva pieza debía duplicar aproximadamente el peso de su predecesora, que rondaba las 100 toneladas, y convertirse en una demostración del poder imperial. El encargo planteaba un desafío extraordinario para la metalurgia del siglo XVIII, hasta el punto de que las gestiones iniciales para conseguir asistencia técnica en Francia no prosperaron.
Doscientas toneladas de metal fundido. La responsabilidad terminó recayendo en los maestros fundidores rusos Iván Motorin y su hijo Mijaíl, que prepararon un enorme pozo de fundición de unos diez metros de profundidad en la plaza Ivanóvskaya. El proceso sufrió importantes contratiempos: a finales de 1734, una primera tentativa fracasó por problemas durante la fundición, y en agosto de 1735 murió Iván Motorin. Su hijo asumió entonces la dirección del proyecto y consiguió completar el vertido del metal el 25 de noviembre de aquel año.

