El primer acto de 'El mal hijo' es un inicio sólido, bien pensado, con tensión y fuerza delante y detrás de la cámara: un niño, abandonado por su padre, se ve forzado a vivir con su abuela, a la que poco a poco conoce y aprende a querer. Sus escenas se sienten naturales, únicas y, sobre todo, genuinas. Lamentablemente, la película decide pegar un salto en el tiempo, hundiendo todo lo creado hasta ese momento, y convirtiéndose en una cinta diferente... y muchísimo más artificial.

Cuando Rubén, nuestro protagonista, crece y se tiene que enfrentar a las diatribas de la vida adulta, 'El mal hijo' multiplica sus lugares comunes y se convierte en una película falta de imaginación. Los momentos dramáticos se presentan siempre de la misma lacrimógena manera, la trama pierde naturalidad y empieza a girar en torno al tráfico de droga y las mafias organizadas. Así, los sentimientos (que es lo que movía la cinta durante sus primeros compases) pasan a un segundo plano, como si el propio director se hubiese aburrido de ella.