Carlos Monzón venía de conquistar el título mundial de los medianos y de defender su corona ante los mejores boxeadores del planeta, cuando alguien le propuso ver a una mujer que quería conocerlo. Su primera reacción fue preguntar quién era. La respuesta fue: Nélida Roca, la Venus de la calle Corrientes, la vedette que convertía cada aparición en el escenario en una exhibición de glamour y sensualidad.

No estaba acostumbrada a recibir visitas por compromiso. Lejos del teatro, donde deslumbraba con plumas y brillos, cultivaba una intimidad rigurosamente protegida. No frecuentaba restaurantes ni confiterías, evitaba las entrevistas y no quería que los fotógrafos la retrataran fuera de escena. Quienes la conocían bien sabían que para llegar hasta ella había que atravesar una puerta muy estrecha: la de su confianza.

El encuentro entre ambos se produjo gracias a un amigo en común y a una gestión del reconocido periodista Ernesto Cherquis Bialo, que años después reconstruiría aquella historia con detalles que parecen sacados de una comedia romántica.

Entonces, aquello que empezó como una invitación a tomar el té terminó en un romance que se extendió desde fines de octubre de 1973 hasta mediados de marzo de 1974. Duró menos de cinco meses, pero dejó una anécdota memorable y un capítulo quizás poco conocido en la vida sentimental del boxeador.