El punto de partida de ‘Esta soledad’ es, desde luego, potente: Leo y Lorea acaban de romper su relación tras varios años juntos y tienen que aprender cómo remar en solitario, cada uno con sus propios problemas. Sin embargo, estas vidas paralelas tratan de ser tan fascinantes que caen lejos de la realidad que pretende mostrar, sumergiéndose en el artificio y las situaciones exacerbadas que tratan de buscar, a la desesperada, nuestra empatía con sus protagonistas. Como si una ruptura fuera poco motivo para ser empáticos.

En lugar de mostrar paralelismos, puntos de encuentro, similitudes y diferencias en el distanciamiento entre ambos personajes, Giner ha preferido contar dos historias al margen. En una encontramos el redescubrimiento con el pasado y unas raíces ahora transformadas, pero más comprensibles y fáciles de asimilar que antaño. En la otra, la necesidad de compartir una vida con alguien, aunque sea quien menos conviene, esperando que esa buena acción cure las heridas al ego. Por sí solas podrían ser interesantes, pero en este díptico no tienen tiempo para desarrollarse correctamente y acaban, de manera inevitable, a medio gas.