Las dos protagonistas no tienen grandes aspiraciones ni parecen interesadas en encontrar un propósito para sus vidas. En lugar de trabajar, formar una familia o ajustarse a las expectativas que el mundo tiene sobre ellas, deciden convertir su existencia en un juego. Engañan a hombres que esperan obtener algo de ellas, se aprovechan de sus invitaciones y se niegan a comportarse como se supone que deberían hacerlo. Su actitud puede parecer infantil, caprichosa e incluso egoísta, pero ahí está la fuerza de la película: las protagonistas no están dispuestas a pedir permiso para nada. En un mundo que pretende encerrar a las mujeres en papeles muy concretos, su negativa a tomarse en serio las reglas se convierte en una forma de insubordinación. Y por eso es perfecta.
La liberación femenina de la película no se expresa mediante discursos solemnes ni reivindicaciones explícitas, sino a través del placer, la amistad y la desobediencia. Las dos jóvenes disfrutan de su compañía, experimentan con su aspecto y se divierten sin preocuparse demasiado por la mirada ajena. Además, el filme tampoco las convierte en modelos de conducta impecables: son irresponsables, provocadoras e incluso crueles. Y precisamente por eso son tan interesantes. Chytilová no nos muestra a dos heroínas ejemplares, sino a personajes que se resisten a ser juzgados según los criterios morales que la sociedad aplica a las mujeres. Su libertad es caótica y contradictoria, pero también contagiosa.

