Un análisis reciente que nos llega desde Italia, publicado en la revista Foods, ilustra perfectamente este problema de categorización. Tras analizar más de 13.000 productos del mercado italiano, los investigadores confirmaron que casi dos tercios de los ultraprocesados sacaban un suspenso en el Nutri-Score con una D o una E, siendo los snacks los peor parados.

Pero descubrieron una enorme variabilidad interna, puesto que el nivel de procesamiento por sí solo no basta para predecir el impacto de un alimento. Aquí la densidad energética, la hiperpalatabilidad y el perfil de nutrientes juegan un papel diferencial que la clasificación generalista tiende a enmascarar.

Es importante. Esta heterogeneidad tiene un impacto clínico directo, puesto que en los últimos años grandes cohortes epidemiológicas han demostrado que en todos los subgrupos de ultraprocesados se comportan igual en nuestro organismo. Aquí, estudios de la Universidad de Harvard indican que, si bien el consumo de bebidas azucaradas, carnes procesadas y pan refinado eleva notablemente el riesgo de padecer diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares, otros alimentos clasificados bajo la misma etiqueta muestran un efecto neutral.

Por ejemplo, los cereales fríos, el pan integral, el yogur y los postres lácteos, a pesar de su nivel de procesamiento industrial, se asocian a un menor riesgo metabólico.