Lo que podría haber sido una propuesta emotiva y reivindicativa se queda en un sketch alargado hasta los casi 100 minutos, con referencias que parecen más interesadas en despertar la nostalgia que en construir algo propio.
Y su discurso antibelicista tampoco termina de encontrar su sitio, porque aunque la película pretende posicionarse contra la guerra, acaba relegándola a un segundo plano en favor de una sucesión de guiños, situaciones cómicas y homenajes que no siempre encuentran una justificación narrativa. Al final, el hecho de no llegar a posicionarse es posicionarse.
Quiere hablar de la guerra, pero se olvida de ella
La historia parte de una premisa con posibilidades. Michi pierde a su padre cuando solo tiene siete años. Aquel artista que dedicaba su vida a hacer reír a los demás le había enseñado a encontrar el humor incluso en los momentos más difíciles, pero el paso del tiempo termina convirtiendo al niño en un adulto amargado, consumido por el rencor. Y cuando vuelve a encontrarse con Conchita, un recuerdo de su infancia que casualmente se codea con fascistas sin que sepamos por qué, se abre la posibilidad de recuperar algo de aquella inocencia perdida.

