Pasó varias veces a lo largo de las más de dos horas del concierto en Huracán, pero se vio muy nítido en un punto cercano a la mitad del set, cuando tocaban “2 Minutes to Midnight”. Pudo haber sido porque la temática de la canción (una crítica a la guerra, la carrera armamentística y los intereses políticos y económicos que alimentan estos conflictos, con el reloj del Juicio Final anunciando una catástrofe mundial inminente) de alguna manera remite a los 80 y la preocupación global por la amenaza nuclear de la Guerra Fría y a la vez parece escrita la semana pasada: ahí, en ese momento más que en cualquier otro, Iron Maiden frena el tiempo. No se tiene que hacer ningún esfuerzo: simplemente pasa que lo que “viste” a ese show que vemos, lo periférico, se desdibuja y —siguiendo con las alegorías atómicas— el núcleo queda expuesto. Y entonces se vuelve irrelevante que estemos viendo a una banda que celebra sus 50 años de historia, y que a esta altura sean próceres, y que caigamos a cada uno de sus recitales temerosos de que esa vez sí se les note la edad (y sigue sin suceder): lo que se siente es ese vértigo, esa vibración que alguna vez transmitió el rock y el metal en particular como movimiento, esa intención de ser joven aunque el DNI diga lo contrario y negarse a acatar algunas reglas básicas de domesticación que hacía que los conservadores le temieran e intentaran censurarlo. Lo que pasó en “2 Minutes to Midnight” y, varias otras veces durante el show, es que el “aparato”…