96 millones de bolas negras. En agosto de 2015, las imágenes de millones de esferas de plástico cayendo sobre el embalse de Los Ángeles, en Sylmar, dieron la vuelta al mundo. California atravesaba una sequía histórica que se prolongaría entre 2011 y 2017, y las autoridades buscaban fórmulas para proteger sus reservas de agua potable.
La respuesta fue cubrir las aproximadamente 70 hectáreas de superficie del embalse con 96 millones de pequeñas bolas negras, una intervención de 34,5 millones de dólares que prometía evitar la pérdida de más de 1.100 millones de litros de agua al año.
El verdadero enemigo era invisible. Aunque la iniciativa se hizo famosa como una solución contra la evaporación, su principal objetivo era químico. La exposición del agua a la luz solar favorecía la transformación de bromuros presentes en el embalse en bromato, un subproducto potencialmente cancerígeno cuya concentración está regulada en el agua potable.
Las bolas bloqueaban aproximadamente el 95% de la luz solar, frenaban el crecimiento de algas y reducían la necesidad de utilizar cloro para su tratamiento. Además, la idea tampoco había surgido de la nada: Los Ángeles había comenzado a probarla en 2008 en el embalse de Ivanhoe y posteriormente la extendió a otros depósitos.

