A mediados de los años 70, Roman Polanski ya no era el juvenil polaquito que había llegado desde el otro lado de la cortina de hierro para sacudir los humores de Occidente con sus perversiones estudiantiles nacidas a bordo del yate de El cuchillo bajo el agua (1962), su ópera prima. No, ya entonces era una figura internacional marcada por el éxito, la tragedia y la controversia. Había hecho pie en el mercado europeo con Repulsión (1965), primer eslabón de la celebrada ‘Trilogía del Departamento’; había incursionado en el ‘teatro del absurdo’ de Samuel Beckett con Cul-de-sac (1966); y había aterrorizado a la industria de Hollywood con la satánica El bebé de Rosemary (1968). El terror no era el mismo desde que Mia Farrow había vislumbrado los ojos diabólicos de su criatura en el fuera de campo, y el propio Roman tampoco: la masacre del clan Manson había terminado con la vida de su esposa Sharon Tate y su hijo no nato, los ríos de sangre se combinaron con los de tinta para la persecución mediática, y un expeditivo exilio europeo apaciguó esa memoria imborrable.
El inquilino: cómo Roman Polanski convirtió sus propios fantasmas en una de las películas más perturbadoras del cine
Este año se cumplieron 50 años del estreno de un film que se convirtió en su obra más personal y reveladora del realizador polaco
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