Encontrarse en la calle con Charly García alegra el día. Le ha sucedido a muchos que lo han visto salir de su casa o bajar de un taxi -un remís o algún auto vintage con el que sale a recorrer la ciudad- y le piden tomarse una selfie. Algunos lo hacen por lo que sus canciones han significado en sus vidas; otros, aunque jamás lo vieron en vivo ni escucharon completo uno de sus discos, le piden ese recuerdo por lo que representa para la cultura popular argentina.
Puertas adentro de su casa, se reserva el día a día de su salud. Y está bien que así sea. De un accidente doméstico le surgieron otras afecciones y problemas óseos que redujeron su movilidad. Hace un par de años su “entorno” protestaba porque no se lo podía ver. Ahora sí. Sale, va a la cancha a ver a la Selección, y anda por la noche porteña viendo shows. Ya no sube a los escenarios ni graba discos. Ni falta que hace. Su obra es realmente monumental.
Quien pueda dejar (solo por un rato) su fanatismo extremo de lado, quizá considere la posibilidad de que su último álbum parezca una expresión para sí mismo (además de un compromiso discográfico con una compañía multinacional); mucho más que una obra a la altura de la carrera de García. Pero entre lo que ha grabado y ha tocado en vivo hay material de sobra.

