CIUDAD DE PANAMÁ.– Frente a las esclusas de Miraflores, el canal impone. Las compuertas de acero, las cámaras que se llenan y se vacían doblegando el agua a su conveniencia y la magnitud de una de las obras de ingeniería más complejas del mundo hacen difícil creer que no puede controlar el recurso que la hace funcionar: el agua.
Llegué en plena temporada de lluvias, bajo un cielo gris y cargado que anunciaba una tormenta más que tropical. Otra imagen engañosa, desleal a lo que los números cuentan. Entre mayo y agosto, en la cuenca del canal llovió un 34% menos de lo normal. Del lado del Pacífico, el déficit llegó al 60%.
El responsable tiene nombre. Normalmente, los vientos del Pacífico soplan de este a oeste y empujan el agua caliente hacia Asia. Cada dos a siete años, esos vientos se debilitan, el agua caliente vuelve hacia América y las lluvias se corren de lugar. Es El Niño, el fenómeno que debe su nombre a que llega siempre cerca de Navidad. En Centroamérica, significa sequía. En nuestro país y los vecinos, inundaciones.

