Hace una década, la palabra “crowdfunding” empezó a tomar fuerza en el ecosistema digital. Básicamente se trata de, para hablar la lengua de Cervantes según el Río de la Plata, “hacer una vaquita”: juntar dinero para llevar adelante un proyecto. O como comprar una acción. Es lo mismo: ponemos capital en algo que aún no existe para que exista, y la comercialización de ese “algo” nos dará algún beneficio o ganancia. Hoy, con el auge (aquí) de los juegos de mesa, la mayoría se genera por crowdfunding: la gente compra un juego aún en prototipo y, cuando entra a producción, recibe un ejemplar con algún extra de diseño.
El sistema es el que Hernán Casciari (ya saben de qué trata esta nota, pues) llevó adelante, más o menos, con su publicación Orsai, que se pagaba antes de publicarse y se imprimía en la cantidad que iba a adquirirse, además de un sistema de distribución maleable que permitía a los compradores hacerse con su copia fácilmente. Como saben, en las últimas semanas estalló un escándalo porque Casciari aplicó el mismo sistema al cine y las cosas salieron muy mal, lo que llevó a un grupo de accionistas a demandarlo penalmente por administración fraudulenta.

