En especial, porque Wildwood: El bosque salvaje no es una película solo infantil o, al menos, por completo inocente. Esta vez, Laika se atreve no solo a lograr una combinación de capas siniestras de símbolos y de complejidad en la trama. También, convertir el elaboradísimo mundo visual de la película en un contexto que frecuentemente roza lo macabro. Por supuesto, ya lo había hecho en El alucinante mundo de Norman (2012) y en la magnífica Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016). Pero esta vez, la película no intenta ser complaciente o menos oscura. Por lo que gana en densidad, belleza y profundidad.
Más que cualquier otra obra de Laika, Wildwood: El bosque salvaje se esmera por ser una obra atemporal, atípica y no muy accesible. Y aunque pudiera parecer que eso subvierte la fórmula de la productora de películas para niños con un trasfondo adulto, en realidad lo enriquece. Mucho más porque, finalmente, el estudio da el salto a una obra madura, con tintes siniestros pero encantadora. También, con un trasfondo emotivo que hace que todo el cuidado contexto visual (que tardó un lustro en crearse) sea más significativo. Por lo que la cinta mezcla lo mejor del stop motion con una audaz propuesta de ser una premisa más densa de lo que podría suponerse.
‘Wildwood: El bosque salvaje’, una historia sorprendente

