Steve Wozniak lo llamó "arrogancia". Dijo que Apple se había engañado a sí misma con la idea de que todo debía alcanzarse con un pulgar, y que no veía a nadie con problemas para usar pantallas más grandes. El tiempo le dio la razón, Apple acabó agrandando sus móviles y las pantallas gigantes arrasaron.

Catorce años después, Apple vende un iPhone cuyas dos pantallas, la exterior y la interior, comparten una proporción de 1,4:1, la raíz de 2. Es una forma más cercana a una hoja de papel que a cualquier iPhone anterior. Y no lo ha hecho sola:

Tres fabricantes, tres sistemas operativos y la misma decisión en apenas seis meses. Y lo importante aquí no es "los móviles se ensanchan", que también, sino que eso nos obliga a pensar por qué han sido estrechos durante tantos años.

La respuesta es bastante simple: ese formato nunca llegó por estudiar qué hacemos con el móvil, sino cómo lo sujetamos. Cada salto, desde el 3:2 original hasta el 19,5:9 del iPhone X pasando por el 16:9 del iPhone 5, ha aplicado la misma fórmula: crecer por el único eje que la mano tolera. La pantalla ha ido ganando superficie pero el cuerpo no ha ido sumando anchura.