La elección de Brasil tiene dimensiones sorprendentes, además de la polarización, brasileña y argentina. Más allá de las discusiones que atraviesan la política hoy -de carácter moral y muy justificadas, por los niveles de corrupción que han invadido la política en Latinoamérica-, para cualquier persona que tenga interés cívico o cultural en la política o en la historia, estamos ante un fenómeno de primera magnitud, que es la evidencia de un liderazgo sobresaliente en términos políticos -no necesariamente de gobierno-, que es el de Lula. Una biografía para Hollywood si uno la examina desde sus orígenes en el nordeste brasileño, surgido de una familia absolutamente pobre y con un padre que los abandona. Trasladado con su familia, sostiene a su madre y a sus hermanos en Santos, trabaja como tornero, así pierde un dedo, enviuda dos veces. Y siempre pierde las elecciones.
Esta es una característica que el propio Lula recordó este domingo: de todas las elecciones en las que compitió, siempre perdió en primera vuelta y en algunas revirtió el resultado en la segunda. Es decir, estamos ante un animal político extraordinario que asombra al propio Fernando Henrique Cardoso, un príncipe de la vida intelectual, un sociólogo refinadísimo que dio clases en la Sorbonne y en Oxford. Cardoso siempre estuvo asombrado por la capacidad política de Lula y, además, orgulloso de que después de sus dos presidencias en un país tan desigual como Brasil, su sucesor fuera un obrero, un sindicalista.

