“Vemos por espejo, oscuramente”. San Pablo no pensaba en naciones divididas cuando escribió esas palabras. Pero le sirven, casi a medida, a Tierra de mi padre, la historia del escritor Thomas Mann y su regreso a una Alemania partida en dos tras años de exilio: una tierra que, como en el espejo del apóstol, solo podía mirarse de manera distorsionada y parcial. Esa misma fractura también la hereda su hija, Erika. Sandra Hüller, la actriz alemana que en apenas unos años se convirtió en uno de los nombres más reconocidos del cine, conversó con LA NACION sobre cómo fue poner el cuerpo en esta particular historia que llega este jueves a los cines.
La nueva película de Pawel Pawlikowski comparte con sus obras anteriores algo más que rasgos formales y estéticos: las excepcionales Ida (2013) y Cold War (2018) también hurgan en las heridas que la Segunda Guerra deja en el cuerpo de Europa. Mann vuelve, en el verano de 1949, para recibir el Premio Goethe por el bicentenario del escritor, primero en la Frankfurt capitalista y luego en la Weimar comunista, convencido de que su tierra natal, en el fondo, seguía siendo una sola. Erika es otro de los puntos de vista desde los que se mira esa ilusión.

