Y lo hace a través de la historia de la historia de un niño cuya infancia acaba en el momento que su padre, un cómico ambulante, muere. No solo acaba su infancia sino su capacidad del asombro y de ver las cosas buenas, creciendo como un hombre lleno de ira y rencor.

Unos mimbres con los que José Mota construye una película que refleja, totalmente, la filosofía del cómico: lo importante del legado, encontrar alegría en el pasado y, también, el hecho de que el humor puede ser el punto de encuentro de bandos enfrentados.

Para el manchego, en nuestra sociedad es mucho más fácil hablar de odio que de amor. Al menos así lo ha asegurado en una reciente entrevista a La Vanguardia. Recogiendo el testigo de Gila, Mota cree que el humor une a la gente:

«Yo creo en ese pequeño milagro. Y creo que hay tanta hambre de afecto… la gente está hambrienta de que la quieran; lo que pasa es que nos da vergüenza hablar de eso. Fíjate cómo estamos en la sociedad, que nos avergonzamos de verbalizar el amor, pero no nos da vergüenza hablar del odio.»