Javier Milei llevaba cuarenta minutos hablando solo. Había llegado con un semblante llamativamente distendido al Salón Eva Perón de la Casa Rosada, listo para arrancar la semana con un gabinete que esperaba, ante la ausencia de comunicados oficiales y posteos en redes, las definiciones de su líder sobre la agenda internacional.

Con un gesto mecánico que ni siquiera meditó, uno de los funcionarios que intentaba no distraerse escuchando el monólogo, manoteó el bolsillo interno de su saco y buscó, sin éxito, su teléfono celular. Enseguida recordó que, además del silencio extremo que hay que mantener cada vez que habla su jefe, una de las principales reglas de esos encuentros es dejar los aparatos electrónicos afuera. Sin dejar de mirar hacia el frente, recordó que tenía un asunto relevante para poner en común y procuró esperar una pausa para ponerlo sobre la mesa. En esas estaba cuando el tono elevado del Presidente le indicó que era momento de asentir con la cabeza una frase que ya había oído en decenas de oportunidades.

-¡No vamos a corrernos ni un milímetro de las ideas de la libertad!