Un acuerdo político prospera por convicción o por conveniencia. Javier Milei construyó casi de la nada un orden sostenido en su popularidad y el alivio que trajo la baja de la inflación. A su alrededor orbitó una constelación de socios y aliados convencidos de compartir “el rumbo”, un concepto plástico que disimuló disidencias ideológicas y cierta perplejidad ante la conducta del Presidente. En el momento menos indicado, la recesión golpea esa red pragmática que, durante tres años, permitió que existiera algo parecido a un oficialismo.
Patricia Bullrich es el síntoma de una crisis en gestación. Se pegó a Milei después de perder con él, fue el rostro del combate policial a quienes resistían el ajuste, se afilió a La Libertad Avanza (LLA). Hoy, con la economía empantanada, no pierde ocasión de marcar diferencias con el Gobierno y reclamar cambios. Habla con la urgencia de quien ve venir un desastre.
Su pliego de condiciones reprocha la intolerancia de Milei con el periodismo y cualquier forma de disenso, objeta el desprecio a normas básicas de la diplomacia (como abstenerse de participar en campañas de un país extranjero o reconocer la victoria de un antagonista ideológico), exige empatía con los perdedores del modelo, discute la apertura comercial indiscriminada, reivindica el diálogo como consustancial a la política y sugiere repensar el rol del Estado en áreas como la infraestructura. Solo le falta pedir que Milei se peine con gomina y raya al medio.

