A las 13 en punto, la puerta de una casona de la calle Bacacay, en el barrio de Flores, se abre para recibir a un grupo reducido de comensales. No hay una boletería, tampoco una sala convencional y mucho menos una platea a oscuras. La propuesta es compartir un asado y la puesta en escena, el mismo espacio. La mesa está preparada, la parrilla espera en el quincho y, desde el primer momento, la experiencia propone abandonar por un rato los códigos tradicionales del teatro para entrar en uno más cercano, cotidiano y casi intangible.

Niní y Braulio reciben a los invitados/público. Los personajes, interpretados respectivamente por Santiago Cortina y Francisco Diez, se presentan como anfitriones de una reunión singular. Dicen tener 130 años, aunque sus rostros conservan una juventud que contrasta con el vestuario y ciertos gestos de época. Niní lleva gorro Piluso, sobretodo, pulóver fucsia y un zapato de cada color; Braulio, tapado, boina, anteojos y las manos sucias por el carbón. Hay algo deliberadamente anacrónico en sus figuras, una combinación de humor, extrañeza y humanidad que establece el tono de la jornada. No se termina de divisar qué relación los une, pero tampoco es necesario saberlo.