El estudio. Ha sido publicado recientemente en la revista PNAS, y aporta pruebas sólidas sobre cómo en la Antártida hay tipos de bacterias que solo vamos a poder encontrar en ese lugar y no en otro. Esto es fundamental, puesto que hasta ahora conocíamos unos pocos microbios endémicos y siempre restringidos a ambientes concretos como una fuente hidrotermal.

Pero este estudio llega para demostrar que el aislamiento geográfico de la Antártida también ha moldeado una biodiversidad invisible y exclusiva en sus suelos.

El ADN. Para llegar a esta conclusión, el equipo no analizó toda la vida microscópica del continente, sino que se centró únicamente en el género Arthrobacter. Y no es para menos, puesto que se trata de un grupo de bacterias que está enormemente extendido en los suelos de todo el planeta.

Aquí lo interesante llegó cuando se comenzaron a comparar los metagenomas extraídos del suelo y vieron que, del total de 46 cepas de Arthrobacter identificadas en la Antártida, 42 de ellas (aproximadamente el 91 %) no aparecieron en ninguna de las muestras del resto del mundo. Algo que puede responder precisamente a la adaptación y evolución local.