Son las siete menos cuarto de la mañana del miércoles en la ciudad de Buenos Aires. Enfrentando el impiadoso horario y el inusual frío de octubre, Patricia Bullrich sale de su casa palermitana rumbo a su nuevo desafío, lejos de la política: hacerse fuerte en un court de tenis.
“A esta altura del partido hay que cuidar el artefacto”, contesta la jefa de los senadores libertarios con altas dosis de ironía cuando le preguntan por su nuevo hobby, que cumple a rajatabla tres veces por semana, siempre muy temprano y antes de comenzar su rutina laboral. Una rutina no exenta de tensiones, que combina la Cámara alta con reuniones de gestión en lo más alto del poder libertario.
Como buena y aplicada principiante, según cuentan quienes comparten su cotidianeidad, la senadora Bullrich aprende los secretos del llamado “deporte blanco” con un profesor particular. Sus amigos la notan entusiasmada con esa (para ella) nueva disciplina, en la que se combinan la necesidad de una buena condición física y un desafío no menos exigente a nivel mental.

