Cada año, millones de dispositivos de almacenamiento se dirigen obligadamente hacia un único destino: la destrucción. Y no importa que todavía funcionen e incluso que, en caso de ser vendidos, puedan retribuirles una importante cantidad de dinero a sus antiguos propietarios. Se trata de una práctica que en estos tiempos no deja de sorprender.

Stellar Info, basándose en datos del Laboratorio Nacional de Energía Renovable de Estados Unidos (hoy rebautizado como Laboratorio Nacional de las Montañas Rocosas), señala que al menos unos 20 millones de discos son destruidos anualmente en ese país. Este escenario se repite una y otra vez en diferentes partes del mundo y, por lo general, tiene un punto en común: que es impulsado por empresas y gobiernos.

Nombres como Amazon, Microsoft y Google, en el universo tecnológico, así como departamentos u oficinas gubernamentales de todo tipo, bancos y agencias de seguridad suelen confiar en la destrucción de los dispositivos de almacenamiento como una solución efectiva y sin vueltas para evitar que datos confidenciales acaben en manos indebidas.

Como señala Financial Times, se trata de discos duros empresariales que, generalmente, operaron en centros de datos y que una vez cumplida una cierta cantidad de tiempo son reemplazados. Y no necesariamente hacia el fin de su vida útil, sino unos cinco años después de haber sido adquiridos, que es cuando suelen expirar las garantías.