Un médico alergólogo llamado Donald L. Unger estaba harto de escuchar estas advertencias durante su infancia y es por ello que optó por convertir su cuerpo en un laboratorio a largo plazo. Para ello, durante décadas Unger se crujió religiosamente los nudillos de su mano izquierda al menos dos veces al día, dejando la mano derecha completamente intacta como control.

Una vez hecho esto, fue en 1998, tras 50 años de experimento, cuando publicó una carta al editor en la revista Arthritis & Rheumatism. Su conclusión aquí fue rotunda, puesto que, tras comparar ambas manos, no había rastro de artritis en ninguna de las dos y no existían diferencias radiográficas entre ellas.

Los grandes estudios. Más allá de este caso que puede ser tan cómico, hay otros grandes estudios que buscan entender si una práctica que es tan habitual puede ser tan perjudicial para nuestra salud. Por ejemplo, en el año 1975, un estudio analizó a pacientes geriátricos y no encontró ninguna correlación entre el hábito de crujirse los dedos y los cambios degenerativos en las articulaciones.