Por las calles de Washington transitan las venas del poder político de Estados Unidos que bombea las dinámicas globales. En esa capital de ritmo por momentos extrañamente provinciano Javier Milei cosechó esta semana un recibimiento amable y varias señales de que el dueño de casa, Donald Trump, seguirá estando de su lado más allá del resultado de las elecciones de medio término del 3 de noviembre.
Detrás del jefe de la Casa Blanca, opera el establishment norteamericano, que transformó la relación con la Argentina en una prioridad para el desarrollo de los negocios estratégicos y está sobreinvertido en el proyecto libertario. Incluso cuando la rebelde Nueva York, el corazón de Wall Street y de los mercados, le siga siendo esquiva a Milei, dude de su futuro electoral y lo condene a un riesgo país que roza los 650 puntos.
En Washington se habla de alianza política e inversiones a largo plazo. En Nueva York late la incertidumbre del día a día. En la primera, hay apuro para aprovechar la ventana de oportunidad que ofrece la presencia de Milei, más la vigencia del RIGI; en la segunda, por el contrario, prima la lógica de sentarse a esperar hasta que el escenario aclare.

