Ya es (¡ya!) temporada de premios, es decir que estamos en la previa del Oscar, en los que los estudios de Hollywood y el sistema de distribución del cine mainstream se pone en funcionamiento con campañas millonarias para que alguna estatuilla quede en algún estante. Desde que nacieron en 1927, los Oscar son un argumento de ventas, una distinción que ubica títulos en el mapa y multiplica su valor más allá de su ventana de estreno.
Pero también los premios son el núcleo de una paradoja: si en las últimas dos décadas el gasto en campaña pro-premios de los grandes productores se multiplicó para instalar títulos, también se volvieron más previsibles. O quizás no sea una paradoja y los votantes de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood decidieron hacer caso al puñado de títulos por los que apuestan los estudios.

