Cuenta la leyenda que José Hernández necesitó apenas diez días para escribir El gaucho Martín Fierro. Corría 1872 y el escritor acababa de regresar de su exilio en Brasil, todavía perseguido por sus enfrentamientos políticos con Domingo Faustino Sarmiento. Buscó refugio en el Gran Hotel Argentino, uno de los establecimientos más elegantes de Buenos Aires, y se encerró en la habitación número 7 del primer piso. Desde allí podía observar el movimiento de una ciudad que todavía miraba hacia el río y cuyo centro político comenzaba a adquirir una fisonomía reconocible. Dicen que apenas salió de aquel cuarto durante los días que le llevó escribir la primera parte de su obra más célebre. No hay demasiadas certezas sobre lo que ocurrió entre esas cuatro paredes. Pero la historia sobrevivió al escritor, al hotel y hasta al edificio que lo reemplazó.

Lo que Hernández difícilmente hubiera imaginado es que, casi un siglo después, aquel mismo rincón porteño terminaría convertido en la sede central de los espías argentinos. Donde alguna vez se había alojado el creador del gaucho más famoso de la literatura nacional, generaciones de agentes aprenderían a moverse bajo nombres falsos, a borrar rastros y a cultivar el secreto como una forma de existencia. La habitación número 7 desapareció junto con el Gran Hotel Argentino, pero la dirección conservó algo de aquella vocación por las historias que transcurren lejos de las miradas ajenas.