En corto: si tienes un Android o un iPhone razonablemente reciente, hay un puñado de ajustes que convierten un robo en una molestia en lugar de un desastre. En Android están agrupados en Protección antirrobo; en iPhone, en Protección en caso de robo del dispositivo. Se activan en cinco minutos y tienen una condición que nadie te va a perdonar: deben estar encendidos antes de que te quiten el teléfono.
Mi tesis es sencilla: el ladrón que más daño hace no es el que se lleva el móvil, sino el que se lo lleva desbloqueado o sabiendo tu código. Con el código, un móvil abre el gestor de contraseñas, la cuenta de Google o de Apple y, desde ahí, el correo y el banco. Lo interesante es que Google y Apple han llegado a la misma respuesta: cuando el móvil está lejos de tus sitios habituales, el código deja de bastar para las acciones críticas y se exige tu cara o tu huella.
¿Qué protege exactamente un ajuste antirrobo?
Protege tus cuentas y tus datos, no el aparato. Ninguno de estos ajustes evita el tirón ni garantiza que recuperes el teléfono; lo que hacen es bloquear la pantalla en el momento del robo y poner obstáculos para que, aunque alguien sepa tu código, no pueda cambiar la contraseña de tu cuenta, desactivar la localización o leer tus contraseñas guardadas.

