Las presentaciones. Aunque sus flores y su olor son lo suficientemente característicos como para reconocerla, la mimosa es un árbol que puede llegar a los 15 metros de altura y de hoja perenne. Su corteza es gris o blanquecina, muy lista y con mucha ramificación. Las hojas son doblemente pinadas y produce una vaina aplastada y curva que contiene entre cuatro y cinco semillas. En las fases iniciales no soporta la sombra y las heladas no le sientan nada bien, de ahí que prospere en aquellas zonas con clima suave.

Cómo llegó hasta aquí. Aunque en mayor o menor medida su presencia está extendida por toda la península Ibérica, el origen de este árbol está en las antípodas, literalmente: procede de Australia y Tasmania, pero en 1824 llegó hasta Europa para quedarse y no fue algo accidental, sino deliberado: igual que el eucalipto aterrizó para tener madera barata, con la acacia el leitmotiv para su introducción fue la decoración, de ahí que sea todo un clásico en los jardines y paseos.

A quien se le ocurrió la idea, razones no le faltaron: sus prolíficas y llamativas flores entran por los ojos, florece cuando casi nadie más lo hace (de enero a marzo) y además crece rápido. Además, es una planta poco exigente en cuidados y muy agradecida. La guinda del pastel es que puede ayudar a fijar el terreno y de su tronco se puede obtener goma y otros productos. La acacia parece una auténtica bendición, pero no.