El problema estaba en los pasajeros. La mayoría lo desconoce, pero la conexión wifi de un avión puede variar considerablemente dependiendo del asiento, la cantidad de viajeros y sus movimientos dentro de la cabina. ¿La razón? Los cuerpos humanos absorben y reflejan las ondas electromagnéticas, provocando zonas con señales intensas y otras donde la cobertura resulta deficiente.
Según explicó hace unos años a WIRED el ingeniero Dennis Lewis, incluso el desplazamiento de los carritos de servicio modifica la distribución de las señales, lo que convierte el interior de una aeronave en un entorno electromagnético especialmente complejo.
Una solución inesperada. Para estudiar el problema, Boeing necesitaba llenar un avión de personas y mantenerlas sentadas durante largas jornadas mientras sus ingenieros realizaban mediciones. Aquello suponía contratar a decenas de voluntarios, inmovilizar una aeronave y repetir numerosas pruebas para identificar las zonas con peor cobertura.
Los investigadores comenzaron a buscar materiales capaces de reproducir la interacción del cuerpo humano con las señales inalámbricas y encontraron un candidato sorprendente: las patatas. Su elevado contenido en agua, cercano al 80%, y sus propiedades dieléctricas permitían absorber y reflejar las ondas de una manera suficientemente parecida a la de los pasajeros.

