No es una tontería. El miedo a la aparición de estos brotes no es infundado, pero hemos trasladado el miedo al alimento equivocado, puesto que la toxicidad real recae sobre la patata y no en la cebolla. En el caso del tubérculo, al pertenecer a la familia de las solanáceas, las patatas producen de forma natural compuestos nitrogenados llamados glicoalcaloides, que son un mecanismo de defensa de la planta.
En este caso, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) son muy claras al apuntar que basta con tomar 1 mg de este compuesto por kilo de peso corporal al día para empezar a sufrir efectos gastrointestinales como las náuseas, los vómitos y la diarrea.
Es más peligroso cuando una patata se expone a la luz y a ciertas temperaturas, puesto que es aquí cuando germina y los niveles de esta sustancia tóxica se disparan. Y lo más importante de todo es que cocinándolo no se soluciona el problema, puesto que pelar la patata reduce los glicoalcaloides entre un 25% y un 75%, pero hervirlas apenas logra una reducción del 5% al 65%.
La cebolla no tiene este problema de toxicidad, haciendo que no haya estudios siquiera para demostrar que una cebolla germinada es segura, puesto que no hay ningún mecanismo de toxicidad que pueda generarnos algún mal a nosotros. Y es que la cebolla no es una solanácea y, por tanto, no genera glicoalcaloides.

