Efecto aperitivo. Los estudios que hay ahora mismo publicados apuntan a que hay un patrón bastante claro que relaciona la ingesta de alcohol con nuestros hábitos alimentarios, y que puede justificar el clásico kebab que se toma la gente después de una noche de fiesta.

Por ejemplo, un estudio publicado en 2015 demostró que una dosis de 20 gramos de alcohol aumentaba la ingesta de comida en 11%. Pero lo más interesante de todo es que el alcohol elevaba sobre todo el deseo por los alimentos salados y con mucha grasa, mientras que reducía las ganas de tomar algo dulce.

Nos estimula diferentes sentidos, como el del olfato, puesto que sabemos que una precarga de alcohol potencia la respuesta del hipotálamo ante los olores de comida en comparación con olores de otros elementos. Esto hace que pasear por la calle con alguna copa de más pueda hacer que estemos más tentados de entrar en algún establecimiento de comida.

Por si fuera poco, a diferencia de lo que ocurre cuando consumimos alimentos sólidos, nuestro cuerpo no registra bien las calorías líquidas del alcohol. Por ejemplo, un estudio publicado en 2019 concluyó que los adultos no compensan la energía del alcohol comiendo menos en las siguientes horas, sino que se come hasta más.