Pero el problema radica en que Clayface no se parece ni en tono ni en forma al resto del universo al que pertenece. Por lo que, a pesar de ser inquietante, repugnante y, a grandes rasgos, terrorífica, peca de genérica. Y lo es, porque el Tom Haggen de Tom Rhys Harries podría ser cualquier personaje atormentado de la reciente ola de terror gore. Mucho más, analizar los rigores del fracaso, el dolor y el miedo desde la popular perspectiva del terror elevado. Solo que la película se queda a medias en integrar todas esas evidentes bondades en la historia de origen de un villano comiquero. Uno además, cuyo enemigo tradicional es Batman.
Pero de esa conexión, hay poco o nada en toda la trama. Mientras Matt Hagen se convierte lentamente en un monstruo, en escenas a mayor gloria de Cronenberg, la cinta pierde la personalidad. En específico, porque la trama parece carecer de objetivo al narrar este relato tortuoso de caída a los infiernos, a la que parece faltarle una pieza. Más preocupante todavía, toda la película parece desvinculada, sin la menor línea de unión con Superman, o en cualquier caso, The Batman. Incluso, parece desligada por completo de la terrenal Linternas, con la que podría compartir tono y subtexto tétrico. Pero tampoco lo hace.

